domingo, mayo 20

Los elogios

son un soberano estorbo, más cuando quien te los hace ni siquiera conoce el producto, el objeto, la cosa por la cual te elogia. Los elogios suelen ser vacuos, meros instrumentos de halago que te vuelven débil, discordante, empalagado. Aborrezco los elogios por lo que me hacen sentir. Preferiría llegar de encubierto a la oficina, al bar o a la cita en el café, como a hurtadillas, y escuchar lo que de mí están hablando quienes creen que todavía no he llegado o que ya me fui. Está visto que vomito los elogios falsos, aquellos faltos de realidad. Como cuando alguien menciona un libro que escribiste y al hacer referencia —sin decirlo— al tema de uno de los poemas, se muestran sorprendidos. No solo no han leído el libro que les regalaste, les vendiste o consiguieron en alguna barata de tu editor marginal: simplemente no han pasado los ojos por sus páginas, ni han abierto la revista editada o nada conocen de ti pero igualmente te cubren de irrealidad, de una ficción con fines prácticos: usar tu debilidad para que les permitas hacer lo que desean, para que tengas hacia ellos la actitud adecuada, para qué soy bueno, en qué puedo ayudarte. El elogio es perverso cuando viene de una voluntad de control. Quizá sepas que lo que dicen es equívoco, pero de todas maneras decides corresponder con una sonrisa húmeda de satisfacción, decides sentirte halagado por un hecho que no puedes comprobar, que no descubre tu naturaleza. Bastardo, infeliz, si el elogio es algo benéfico que ahora manchas con tu incrédula lengua: un ungüento de savia emocional en el alma ávida, herida.

Considerado

Una raqueta para matar mosquitos
reposa inerte sobre la cama.
Ya me han picado dos
y no quiero electrocutarlos,
ni a los que vienen.
No, porque su vida es corta,
porque mi sangre
está en ellos
y ahora viaja.

Aburrido

Aburrido como una colmena sin zumbidos,
un cocodrilo de zoológico,
una mosca en un laboratorio aséptico.

Aburrido como un té de bolsita,
un ventilador de aspas inmóviles,
como el foquito rojo
de la televisión.

Aburrido como un gato privado de su cucaracha,
una Coca al tiempo sobre
la mesa de la cocina.

Aburrido como quien ha vuelto de un viaje largo
y todavía no lo sabe.

sábado, mayo 12

Bien está

Bien está
la Muerte
en su silla.
Pero qué
decepción;
de tranquila
mirada, febril
atajada.
Luego de la vida,
la fría alegría.
Hay quien
la apresura,
a la silenciosa.
Cómo será,
no un esqueleto:
de qué color,
qué abismo.
Me ha rozado
al pasar,
me ha sonreído
con simpatía.

lunes, abril 30

Desde la ventana del departamento donde alguna vez viví (sus dueños salieron de vacaciones y vine a alimentar a los animales)

Un hombre con el cerebro cansado cuenta
los racimos de polvo que aquí lo han traído,
las sombras de faroles rotos, paredes descascaradas,
canceles moribundos. Un euro que encontró
sin gastar para que fuera su moneda de la suerte,
un pájaro amarillo al que debe visitar para abrir
su jaula sin dejarlo escapar, un gato negro
que se le repega al pantalón mientras él mira
por la ventana el vencido reflejo del sol en el edificio
de enfrente, los hoteles que no supo habitar ni a la distancia,
los autos tranquilos.

jueves, abril 5

Inesperada

La felicidad no llega cuando se la requiere,
es caprichosa como fruta fuera de temporada,
aparece sin aviso, cae, la levantas y te das cuenta
de que los gusanos la descubrieron antes que tú,
la tiras y toda una población de insectos
acaba con ella. Es una fórmula gratuita,
algo así como una camisa que te viene
luego de mucho tiempo abandonada.

sábado, marzo 31

Don Paquito

Don Paquito corta el pasto esta mañana.
En el almuerzo le pidió a mi madre
que no fuera a contratar a nadie más
porque tenía cita en el Seguro.
A sus 70 años carga una bolsita
con sus desechos físicos.
Es todo lo que sé. Y que el pasto
le queda bien parejito.

viernes, marzo 30

Las televisiones apagadas

Su oscuridad resalta cualidades de espejo, pero uno difuso e incierto que atrae hacia sí al Cristo resucitado, aquella cruz votiva, la imitación de Cézanne al óleo ––tan dados a la gravedad en la pared rugosa: son solo sombras de objetos que no irradian colores, contenidos en una atmósfera de párpados cerrados.
Esta Samsung pantalla plana, este trozo de obsidiana absorbe también un trozo de lámpara de techo apagada para convertirla en no objeto, un algo que no objeta su presencia en el mundo, un reflejo silencioso que allí continuará, en el fondo, si enciendo el televisor, junto con la cruz y el Cristo radiante, el cuadro al óleo, apenas trazos involuntarios que apelan a lo informe, como si este pedazo de agujero negro les diera un lengüetazo a las cosas para indefinirlas, dejando tan solo su espectro.
Me he visto reflejado como si de una sombra fantasma se tratase, como si no fuera de este mundo sino de una dimensión trastornada. La tele, que encendida atrapa como con arpones a los ojos y los tira hacia sí, hacia su gama luminosa, apagada concentra aquello que mira sin ser mirada, aquel resplandor tenue que roba de los objetos. A la cruz poco le importa su propio reverso oscuro, sin embargo la pantalla no deja pasar la oportunidad de echarle en cara su vil naturaleza de objeto, de cosa adherida a la reflexión que hace el aparato sobre lo circundante.
Las distintas televisiones apagadas a lo largo de la casa, tan calladas y ensimismadas, compiten con la claridad líquida de los espejos. No son infinitas como ellos, carecen de nitidez, a veces de cierta deformación y de esa cualidad que multiplica las cosas no en su esencia sino en su más intransigente apariencia. Un televisor apagado es un embelesamiento en las sombras, un hervidero de podridos pensamientos.
El foquito rojo a la deriva del marco cuadrangular nos alerta de que pese a su pasiva certeza de ser la pantalla misma objeto usurpador de las cosas cotidianas, objeto revelador de los secretos insulsos de la materia, puede en un instante desembarazarse —sacudirse como los animales despiden las gotas de agua que no son más que astillas de espejos— de esta su meditación honda.

Recreo

Me golpeó una densa oscuridad en el patio
sin razón alguna, deambulaba mirando
jugar a otros futbol, espirol, básquet, y ahí
me golpeó su ráfaga inesperada, avancé
hasta abrazarme a un poste al sonar el timbre,
sin gritería de niños ni balones atónitos ni la trayectoria
invisible de los espirols. Nadie se dio cuenta.
A los siete minutos aparecí en el salón y nadie
dijo palabra, lo platiqué al maestro de tercero,
a mis padres a la hora de la comida, a mis hermanos,
mis primos y mis tíos. No hubo respuesta,
nadie cree en lo que no ve.


El saludo

Charly acababa de atrapar a Miss Sinaloa junto a
uno de los jefes del cartel colombiano. Yo no recordaba
nada de esto. Y tanto gusto me dio ver a mis amigos
de la infancia en el Apple de Galerías, y a él en primer término,
que me acerqué efusivo a saludarlo en tanto me apuntaba
en cámara lenta uno de sus escoltas con la negra pistola,
los amigos en el vestíbulo negaban con la cabeza,
hacían señas, Charly aplicaba una llave para someterme y,
oh, bendita ignorancia, alguien me amagaba por la espalda
con otra arma de fuego. De milagro no pasó de ahí.
Ya en la cena me temblaban las manos sin control,
como si mi cuerpo supiera mejor que yo mismo
qué hubiera sucedido si no me reconocen a tiempo.
¡Estás temblando de miedo! —me dijo Charly con risa
entre nerviosa y burlona. Y-yo te-te-tengo mi-miedo
a-ahora, pe-pe-pero t-tú lo ti-tie-nes to-todo el ti-tiempo,
atiné a responder mientras miraba de reojo a sus mustios
hombres comiendo hamburguesa en la mesa de junto,
las armas enfundadas, los amigos callados.

jueves, marzo 22

Envidia

¿Esto tiende a desaparecer o sedimenta
como grasa en los pulmones? Ah, qué egoísta.
Cada uno merece estar donde está,
en todo caso yo cuál velo en el entierro,
mi pugna es solo contra mí por pensarme
entre quienes no me necesitan.

domingo, marzo 11

Showboss

El jefe baja desde las alturas envuelto en un aire
benévolo, la lustrosa sonrisa pegada a su cara
dirige las miradas hacia su silueta deslumbrante.
La escalera parece estar hecha de mullidos cojines
donde se asientan sus pies determinados a cumplir
la misión en la sala de juntas donde los subalternos
le acercan una silla, le dan galletas bajas en calorías,
le sirven refresco de cola, callan si alguien más llamó
su atención en este barullo de palabras que no dicen
lo que pretenden decir. Cada quien cree llevar agua
a su molino, cada quien tiene una orden por firmar,
un resultado por presumir mostrando los dientes
aquiescentes. Lo que él promete se cumple, es algo
como la voz cantante en un concierto de ópera bufa
hasta que irrumpe un tiple agudo que a todos cuadra:
es de su jefe, pues todo jefe tiene otro jefe y
el que obedece no se equivoca.

Esta habitación que fue mía

Hace un momento mi mente estaba en otro
lado, un puente, y de pronto me hallo en un cuarto
que no es el mío, con imágenes que no me pertenecen.
Estoy acostado en una cama y pienso por qué no puedo
mirar mi rostro, por qué estos lentes enmarcan la escena
de mi pie apuntando a dos o tres focos de luz insuficiente,
reflejos en las ventanas abiertas y música de corridos
que desaparece con el ruido que hace el agua al caer
a los tinacos. Y aunque esta habitación haya sido mía,
no encuentro al niño que aquí deambulaba, atento
al fuego.

martes, marzo 6

Cubo

Este cuarto sin salida, armado para atrapar
como se atrapa a los puercos salvajes, cerrando
poco a poco sus alternativas con bardas que los aprisionan
en tanto siguen tragando como puercos y pensando como
puercos insaciables con el hocico hozando en el fango
y otra barda más es puesta lentamente, el aire
sarcástico no omite burlas y les ponen otra pared
hasta que deambulan habituados al encierro, así husmeo
pequeñas ideas rotas, basura, ropa tirada, una bandera
detrás de la puerta, un blanco con dardos de dos países
que no son el mío y la noche cerca hoy, mañana también,
hasta que me acostumbro a no ver ni el patio.

domingo, marzo 4

Noventa, diez

Allá van nuestros pensamientos lúcidos,
las caricias reconocidas en esquinas vividas,
los estacionamientos llenos de autos y de sol.
Allá van, sobre puentes de metal
donde muchos han soñado con arrojarse al flujo
del tránsito, al embotellamiento, a los ciclistas
(a punto de ser aplastados se salvan
por un meñique, sonríen a la niña que les mira
desde el asiento trasero del auto que su padre acelera).
La boca reseca es un símbolo de nada.
El otro día mis sobrinas contaban los noventa vagones
de un tren con diez locomotoras, pero en esta ciudad
nadie cuenta con nadie.


El cumpleaños de la poeta joven

A Mónica Hernández

La luna ámbar parece emerger de la barda de ladrillos
en la azotea del bar donde festeja la poeta coronada
de flores, sonrientes sus ojos de aguamarina.
Estoy sentado a la mesa, bebo mi Victoria
y charlo con gente más joven que yo
sobre los movimientos lentos del tango,
la conexión de los cuerpos apilados,
mientras la luna, sin que lo notemos,
va ascendiendo, cada vez más blanca
en un cielo de ciudad iluminado.

sábado, marzo 3

Ruido de la ciudad

He olvidado casi cualquier cosa. Quizá
todos sepan mi nombre verdadero,
perdido en mi propio ruido, en los
de la ciudad, un silencio vergonzoso
en este cubo donde transcurre el sueño
y los pensamientos hallan apenas hilación.
Los labios resecos y desencantados, la espina dorsal
encajada en el mundo como una flecha puntiaguda
con el blanco errado.

domingo, febrero 18

Sexto día

Nada relevante este sábado a punto de caer.
El polvo en la lámpara, el clóset abierto,
el librero atascado de páginas sin leer,
signos extraviados.
La bandera tras la puerta, la puerta
ni cerrada ni abierta.

sábado, febrero 17

Restaurante brasileño

Mi camisa está hecha jirones. Como si cualquier cosa,
agito al aire un cuchillo con mi mano derecha.
¿Cómo llegó aquí? Es como si estuviera soñando.
Mi camisa costó mil quinientos pesos, aunque
ya casi no me quedaba. Estaba esperando a bajar
un poco de peso porque su color combina
con mis ojos entre verde y amarillos, ocultos
por los lentes de plástico rayados que no atino a suplir
con otros de contacto; no me atrevo a dejar mi rostro
sin marco. Ah, sí, decía: suelto el cuchillo en la mesa
o me obligan a soltarlo y lo permito, aquello, esto
ha llegado demasiado lejos, mi camisa no tiene arreglo,
la gente sorprendida y tal vez adicta al espectáculo.
Los meseros blanden sus varillas de 32 cortes, atentos
al sí de los comensales para atiborrarlos de carne.

miércoles, febrero 14

Pretexto

En la otra habitación mis padres ven la tele, una serie
de misterio en el día del amor. Aunque no esté solo
esta luz casi gris que se abandona en los libros
me hace sentir que no solo estoy solo sino que no hay salida
así la puerta esté abierta y se mezcle la luz de afuera, más lúcida,
con la de adentro. Ya luego escucho mi ruido, un insecto
escarba la oreja. Me pregunto qué hago aquí, acostado, recargado
en la almohada y escribiendo un poema con hedor
a fracaso, a mala hora. No poseo pensamientos que den
color a estos versos, ni filosofía que los sostengan
en profundidad. Nada más mi incomodidad por la posición
que tomé al escribir sobre la cama y en el iPad con un teclado
donde el único placer es que fluyan mis dedos y entonces
pienso que no es el fracaso ni la soledad el tema principal.
Cierro los ojos y comprendo que quizá mi lugar en el mundo
en este momento sea escuchar hendirse las teclas
de pronto lentas o rápidas con esta tipografía Calibri Regular 11.
Los autos en la calle, las vibraciones del piso, un claxon agudo,
la serie de detectives que comienza en la habitación de al lado.

sábado, febrero 10

Práctica del tango

El profesor me hizo bailar con una escoba,
luego con dos que simulaban la posición
correcta de este baile donde el torso
ha de permanecer fijo, inalterable.
Los brazos me dolieron el primer día.
Mi compañera de baile improvisada,
la de carne y hueso,
suele adelantarse en los pasos, es
mucho más principiante que yo. Lo hace
porque no soporta la idea de que un hombre
la dirija, ella debe estar en control. Pero nadie
está en control de nada en la vida.
Ni yo con dos escobas en las manos
que saben seguir indicaciones.

Mi moneda de la suerte

Encuentro un euro al cruzar la avenida
Sebastián Bach: por un momento me pienso
en Berlín, París o Bruselas. Miro la calle, el cielo,
escucho mi propio zumbido interno combinado con
el de los autos al pasar. Lo guardo en el bolsillo
como a un feliz mensaje premonitorio.

domingo, febrero 4

El guardia de seguridad

Héctor Sánchez, el guardia de seguridad sentado
en una esquina de la sala de exposiciones del museo,
fue uno de los voluntarios para pintar vasijas de barro.
La imagen en su florero era un corazón roto
seguido de una línea que semejaba los altibajos de un registro
cardiaco para unirse a un vehemente corazón rojo
que enmarcaba las palabras TE AMO. Me explicó
cómo había representado a sus tres hijas y a su esposa
con un trazo que señalaba el transcurso de su vida
hasta llegar a ellas, o hasta que ellas llegaron a él.
Le tomé una foto con mi celular junto a su obra maestra
bajo la luz de la media tarde.
Estaba prohibido tocar los objetos, ni Héctor podía hacerlo
porque ya no le pertenecía, según me explicó resignado.
Es así que volvió a su lugar en la esquina de la sala,
se transformó en una estatua de sal
y yo me quedé mirando al orificio del florero
hasta que me sumergí en un vacío hondo.

sábado, febrero 3

Hola, me llamo Carlos Vicente

y soy adicto a los diccionarios. Me da pena decirlo en público desde que en una ocasión –ah, los tiempos de la preparatoria– la novia de un amigo se escandalizó ante mi entusiasmo por abrir el libro y buscar palabras con gesto de satisfacción mientras descansábamos sobre el pasto húmedo en el Parque de las Estrellas. Nunca más volví a mostrarle a nadie mi mal hábito, y cada vez que tenía la necesidad vehemente de sacar de su escondite mi Larousse ilustrado de pastas azules, volteaba en todas direcciones para cerciorarme de que nadie era testigo de cómo recorría la yema del índice por entre la traslúcida página de arroz para hallar, por ejemplo, la palabra bifurcado. Esta palabra fue una herencia directa de El jardín de los senderos… de Borges. Es más, acuso a Borges de ser el culpable, el verdadero, de esa manía que no he podido erradicar ni aunque haya conseguido ser aceptado en este grupo de Adictos al Diccionario. Sé que algunos de ustedes suelen indagar vocablos de corte científico como corolario, segmentación o fisionomía. Otros se embelesan con tocino, almendra, alcachofa. A mí me apasionan aquellos que nunca antes he escuchado ni leído y considero un reto menor, si bien no por ello menos valioso, pronunciarlos frente a los niños esperando que no lo perciban sino como juego, que mi charla sea producto de la naturalidad y el desparpajo. Desparpajo es una de mis palabras predilectas. También predilectas. Y a rajatabla. Otras que no me dejan dormir desde hace años de solo repetírmelas y saborear su efecto evanescente han sido devenir y cohabitar. No habitar, sino cohabitar. Incluso escribí un poema en el MS-DOS de mi computadora 286 con esa palabreja: “al amanecer ellos cohabitan sus recuerdos”. Entonces todavía admiraba la rancia belleza de la poesía y hasta me obsesionaba con la musiquita interna que despierta la psique cuando proliferan los ritmos y las vibraciones de las cuerdas vocales al decir, pronunciar, poner en entredicho ciertas sonoridades. Eso ya carece de interés para mí. La poesía va y viene, pero las palabras… el Larousse azul de más de mil seiscientas páginas y términos en múltiples e insuficientes géneros y modalidades ocupa un lugar de mayor categoría en mi librero que la Biblia, el objeto de culto que en la familia recibe a diario las cálidas caricias de una veladora y la devota custodia de imágenes cándidas. Si lo supieran los maristas con los que estudié, alzarían el grito al cielo. Cielos... recuerdo otro de mis desaciertos vitales, consecuencia de los malhadados concursos de la secundaria: la ortografía. Qué angustia esperar año con año el veredicto de una academia colonialista y monárquica, aun y cuando me declaro ferviente demócrata, seguidor del revolucionario Sarmiento en cuanto a libertades del lenguaje, mientras abomino del pesado Bello que tanta desavenencia ha causado con su ortodoxia (una palabra en serio que ortopédica) a nuestra sintaxis. Pero he tomado fuerzas de la debilidad y la vergüenza para hablarles a ustedes por primera vez en décadas de la perniciosa costumbre que aqueja a cuantos nos hemos reunido después de tantas horas y días de ansiedad. Lo repito sin ambajes: soy adicto a leer palabras en el diccionario, al olor de su tinta impregnada en el papel e incluso a las serifas o palos secos de su tipografía, y se me llena de sangre el corazón cuando recorro los fonemas silabeando al derecho y al revés con lentitud de ánfora o de babosa o de nube o de burócrata sus texturas microscópicas. Por cierto, ya que algunos de entre nosotros han compartido generosos sus propios y perversos giros de la lengua, no veo por qué ocultarles que de vez en cuando, de adolescente, hojeaba furtivo la Biblia para detenerme ante el hallazgo: sustantivos excéntricos, presas fáciles para el diccionario. Nefilim, jeremiadas, fariseos. Nada como paladear, conjeturar con sus imposibles desinencias (otra palabra sugestiva, tanto como la palabra sugestiva). Lo digo en confianza. Imagino que en este momento quisieran consultar su María Moliner, su Clave o incluso su Wordreference en el celular. Quizá no se atrevan porque estamos aquí para sanar nuestra enfermedad. Pero créanme cuando les advierto de esas finas modulaciones de significado que distinguen a ciertas palabras subversivas, como acechar y asechar. Se sonríen, lo sé, porque comprenden de qué les hablo.

viernes, diciembre 8

Las mujeres que me han abandonado

ahora son directoras de teatro, madres
de gemelos rubios, estudian becadas
en el extranjero, van a Chapala con su familia
una vez al mes, viajan por Europa y
hasta son voluntarias en Nigeria, odian
a los hombres como yo, coleccionan gatos,
corren cada mañana entre edificios derruidos,
escriben cuentos de ciencia ficción ambientados
en Guadalajara, hacen memes, van a cursos
de cocina vegana, leen novelas de rumanos
mientras andan en bicicleta, se besan
con otras mujeres, se emborrachan
por otros hombres, se casan con chilenos en yates
de Valparaíso, huyen con argentinos de provincia
y hasta con ecuatorianos, son grandes amigas
de mis amigos, aprenden inglés para subir de puesto,
hacen dieta, aprenden francés, se hacen las que no
me conocen, me abrazan en los largos pasillos
de la nostalgia, dan lecturas en mi contra, me dedican
poemas de terror, poemas macilentos, eso dicen.

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domingo, septiembre 3

Ruido

No es un silencio habitual, sino una corriente
de ruido blando, una mancha de ruido que todo
lo va conquistando: la puerta abierta, las ventanas
embarradas de sol, los cables al descubierto en la
recámara de las elucidaciones empalmadas.
No hay camino en una cama desatendida, no hay
soliloquios ni soledad ni apariencias, solo un cuerpo
emparedado, enfrascado en una serie de naderías,
sucesiones de la conciencia, mientras los objetos
desean su ritmo propio, ser palabras.

viernes, agosto 11

Me han dicho intenso

Lo dijo una mujer con cara de avestruz llena de ronchas,
dramatizando y todo, intensa que diría, y señalaba que debía ganar
más dinero por hacer lo que varios hacíamos en su lugar. Más dinero,
porque el dinero mueve montañas, o algo de eso cuenta la parábola.
Otra trucha me lo dijo cuando jugábamos un partido de futbolito
y en cuanto me distraje anotó gol de rehilete, sus ojos parpadeaban
como un par de lámparas de neón que no han recibido limpieza
y están repletas de caca de moscas. ¿Cuál fue el tercero? Ah sí,
el tipo de la oficina que batea para dos lados en el juego del trabajo,
sin trabajos. El mismo que se zambulló el otro día en su propio culo
buscando una sandía para desayunar, ese, sí, el de gesto de pucha,
mal nacido idiota que gusta de vigilar a los demás como videocámara
automática.

jueves, agosto 10

Arcoíris

Hace un momento, o más, el cielo pesaba
con su color azul-negro, parecía que iba a caer
sobre nuestros ojos. Después, la llovizna
y un arcoíris como no veía hace años, aquella vez
con tanta claridad y una mujer y un niño a mi lado,
que creí que la vida seguiría un curso previsto,
aligerado, o lo creí superficialmente porque
abrazaba a esa mujer como si fuera el último día,
como en efecto fue, casi, digamos. El símbolo de
la alianza fue el de mi destrucción. Ahora viene
de nuevo a encorvarse detrás de los cables de la luz,
a mostrar sus enredados colores y su ensalivada
promesa de tesoros. Un símbolo abyecto, voluble,
una carga para la mente, que ni empieza ni termina
en esta tarde difusa.


viernes, agosto 4

Una princesa improvisada con olor a chicle de menta pierde sus llaves

A Michelle

Ya no camino por la línea amarilla, se borra de a ratos,
no hay salida que salve ni paredes donde reventar la cabeza
de salva. Tengo estrellas de papel plateado pegadas a los dientes.
La esquina perforada, el whisky, el olor del dinero, un pez boquiabierto
muerde el sol. Ultimada-mente perder es un concepto inofensivo:
tocar madera con uñas largas como tenedores. Estoy ataviada de dulces,
de unicornios lila y vías de trolebús contagiado de peste bubónica
o histriónica –sigue a través de remolinos color verde y hasta parece
un tren descarrilado dando coletazos a los autos con ojos amarillos.
Los que rondan mi nuevo escritorio dan suaves pasos de cerámica
y yo escribo jingles desde que abandoné las trenzas con que unía
ideas y objetos como una mariposa a una llanta con clavo,
un estornudo a la sonrisa de un cocodrilo, y pasé de mi etapa
rosa a una con amigos que solo intentan mirarse su propia lengua,
como aquel que habla por teléfono usando su zapato y que casi
ahoga a otro de mano transparente al arrebatarle su salvavidas
para clavarse medio cuerpo en el agua de la alberca y pronunciar
la palabra cosa, COSA, COSA, COSA. Siempre he creído
en los extraterrestres, ¿no lo somos cada que flotamos
en el aire como si fuera agua? Con la salvedad de que si atisbáramos
mariposas plateadas con los pies un par de centímetros sobre el nivel
del suelo –extraterrestres–, colgaríamos del polvo
a contraluz e ignoramos cuándo pueda hacer una mala jugada
como ahogarnos con el cordón del teléfono público,
y no es que perdamos en la desesperación escamas inservibles
y no nademos más en momentos cruciales como este en que vierto
pensamientos al aire, en el filo del agua. Ahora llega mi etapa lila,
mis amigos se han convertido a la secta de las medusas y no sé
si en ese estado respondan preguntas con sílabas eléctricas
o pequeños cortos circuitos que se puedan confundir
con los que propinan en centros de rehabilitación cerebral y para qué
le buscamos si yo estoy en mis cabales entrando y saliendo
por los agujeros de gusano en mi hombro, ¿habrán pasado por aquí
un par de ciempiés? Menos mal que saldré de viaje y estos hoyitos siderales
se me olvidarán si no se cuelan moscas y si no las persigue con pésimos
modales el sapo ilustrado, estoy absorta pero no sé o no quiero saber
qué eso significa, si es que tuviera que definirlo, pero nada a fuerzas,
así que oigo bonito la palabra ilustrar, mi etapa lila me hace cosquillas,
es veneno que escarbó mi piel y me dio fiebre y me cambió una bujía,
si hasta veo a través de ojos de vidrio soplado
y entonces caí por un agujero atrapada por la lengua de un sapo radiactivo
y anduve por la calle conociendo gente morada y persiguiéndome a mí misma
en el pasado, ¿o no les ha ocurrido nunca a ustedes?



lunes, julio 31

Alguien

corta un pastel y se guarda la fresa
para después o nunca. Alguien cosecha piedras
y arma un rompecabezas bajo el guayabo. Alguien
ordeña diálogos afilados para su novela aplanadora.
Alguien bosteza sobre la página blanca mientras se alisa
el cabello y las sombras chinescas burbujean en el techo
como un corto circuito. Alguien deja caer su casa
sobre el zapato de un despistado —sin pistas, claro está—,
alguien viste de amarillo y corretea polvo en el jardín.
Alguien hace cuentas al aire y se mete las manos
a los bolsillos para buscar un rostro o una cicatriz, alguien
estudia la gramática del verano y bucea entre las nubes
de su cerebro para llegar al fondo de todo esto.
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